lunes, abril 28, 2008

"Hay gente que es TAN educada que jamás habla con la boca llena… sin embargo, no les cuesta NADA hablar con la cabeza hueca..."

"Mi conciencia tiene para mí,
más peso que la opinión de todo el mundo"

martes, febrero 19, 2008

Víctima de las Emociones

Por Cynthia Céspedes

Había olvidado cómo era ese dulce sabor que queda en el cuerpo cuando entra un sentimiento. Ya no recordaba cómo era confundirse ante el eco de la frase “eres tan especial”. Mi pecho se había resignado a no estremecerse ante una mirada intensa y no sé por qué razón le prohibí a mi boca humedecerse si alguien la miraraba con ternura.
Dejé relegado el sabor que tiene un beso, antes de que mis labios lo experimentaran dentro. Borré de mi memoria todo el recuerdo que podía volverme vulnerable ante una emoción. Comencé a calcular con los números de la razón, sin pensar que una ecuación seduce mucho más que su propio resultado. Creo que alguien, alguna vez, terminó convenciéndome de que la vida real no podía ser una comedia romántica.
Tercamente me negué a aceptar lo hermosa que puede ser una mañana, si alguien está dedicando unos minutos de su vida a pensar en ti. Los años me volvieron egoísta con mi corazón y sólo me dediqué a satisfacer los caprichos ‘infantiles’ de mi vanidad. Relegué la poca inocencia que había quedado de mi niñez y ubiqué en su lugar a una de sus peores enemigas, ‘La Razón’.
¿Y Sabes?, con el tiempo me fui quedando sola… y esa soledad (¡qué absurdo!) comenzó a gustarme. Eso me hizo pulir mi vida con delicias efímeras e indigentes, que la complacencia propia trae consigo.
Día a día, convertía cualquier deseo en un desafío. Por eso, sin darme cuenta, emergió de mí una mujer diferente, desafiante y que iba contra el mundo, ganando cuanta batalla se le cruzara en el camino.
Pero nada de eso dió resultado… porque esa mujer era sólo una persiana, que se cerraba fuertemente cada vez que mi esencia quería observar el mundo, entre sus espacios de realidad.
Parece que la ‘obsesión por ser distinta’ se apoderó de mí. Sin embargo, la testarudez sólo logró hacerme olvidar, porque no consiguió que yo cambiara… no logró llevarse lo esencial… Después de todo, ser yo misma, siempre me ha convertido en alguien diferente.
Pero eso pude deducirlo sólo aquella tarde, cuando me aparecí en el patio trasero de tu vida; cuando, sin planearlo, le robaste una carcajada a mi alma y me devolviste eso que ya no recordaba.
Todo esto pude deducirlo cuando me dejaste entrar sigilosamente en tu corazón y permitiste que yo lo acariciara. Todo sucedió, el día en que comencé a extrañarte y noté que poco a poco crecía en mí la necesidad de hacerte feliz.
Pude notar mi cambio, el día en que cerré mis ojos y ya no tuve miedo de caer, porque me hiciste un regalo que jamás había recibido, La Confianza.
Todo esto me quedó claro aquella noche en que, pensando en ti, sentí que tu olor se había fundido en mi piel, hasta el punto en que ya no necesitaba tenerte cerca, porque estabas dentro de mí y formabas parte de mis sentidos.
Pero, ¡es tan poco tiempo!, podrías pensar. Sin embargo, a tu lado, eso del tiempo increíblemente no existe. Me haces sentir que te conozco desde siempre y que esto ha sido sólo un reencuentro.

Creo que la vida ha sido sabia al unir 'recién' nuestras autopistas. Permíteme agradecerte, ya que contigo, el camino de mi vida tomó un sabor delicioso, desde el día en que comenzaste a marchar a mi lado.
Me llenas de fantasías, en un momento en que ésta ya me había abandonado. Eres algo maravilloso, lo mejor que pudo ocurrirle a mi corazón y eso me obliga a cuidarte. Ahora, no puedo despreocuparme de ti. Si algo te sucede, cómo podría consolar mi corazón… creo que no lo soportaría.
Es verdad que cometo errores, constantes errores, pero quien no lo hace ¿no?.
Después de todo, mi única intención en la vida era ganar y tú, cuando llegaste, me quebraste el esquema.

Hoy me siento una víctima de las emociones y te concedo (egoístamente) la culpa. Llegaste a mi vida, te paraste frente a mí y hechizaste mi razón. Te culpo por todo lo que me está sucediendo… pero más te culpo…
...Por Hacerme Feliz...

jueves, agosto 16, 2007

Lo Siento... Pero te recuerdo...

Por Cynthia Céspedes.

El pasto esta húmedo y poco a poco su agua va calando mi ropa.
Mi madre me diría que si sigo recostada acá me voy a enfermar, pero sabes... me gusta lo que siento.

El pasto comienza a humedecer mi espalda y su olor penetra en mi memoria.
Me gusta como huele... cierro mis ojos y... ahí estas.
¡Ganaste!
El olor del pasto húmedo me recuerda a ti.
Tiene el color de tus ojos y su aroma... no es un aroma cualquiera... es especial. Es como cuando tu piel se humedecía y caían sobre mí las gotas de tu agitación.


Es imposible no recordar como tu sudor se convertía en lluvia y caía gota a gota regando de lujuria nuestra cama. Circulaba prolijamente por mi cutis y aprovechaba cada rincón de mis secretos.

Ahora, puedo acariciar lentamente este pasto e imagino que es tu piel. Tan irresistible, tan sublimada, tan sutilmente empapada.
Es la misma sensación que me provocaba tu cuerpo (no lo olvido) cuando te revelabas frente a mí y me hacías disfrutar tu desnudez... Sabías perfectamente que me encantaba contemplarte.

Yo creo que por eso nunca dejaste que yo te quitara la ropa. Siempre procurabas hacerlo tú. Delante mío... delante de la avaricia libidinosa que recorría mis sentidos.
Sabias crear una coreografía perfecta, que me regalabas al ritmo de tu seducción. Sabias de tu belleza y te aprovechabas de mi urgencia.
Ahora, estoy aquì, recostada sobre este pasto húmedo y puedo recordar nuestros fugaces encuentros. No fueron tantos. No duraban demasiado. Pero fueron suficientes como para sentirlos aún en mi memoria.
Esa parcela era un escondite fabuloso, que nos permitía vivir importantes retiros de hambre carnal. Parece como si todavía yo estuviera ahí, bañándome contigo en ese jaccuzi. Compartiendo junto a ti un agudo maremoto de pasión desordenada. Que delicioso era reunir la noche, el vino y tu cuerpo.
Abrumador por momentos... pero inolvidable, por lo que estoy temiendo.

Cada vez que tus verdes ojos seguían los míos, me hacías victima de una tempestad furiosa. Yo terminaba presa de tus brazos y tu olor terminaba capturándome.
Nadie nunca nos escuchaba. Eso era lo tentador de nuestros encuentros.
Nunca fuimos uno, pero yo, me sentía completa... completamente satisfecha.


Lamentablemente jamás fue amor de tu parte, pero qué delicioso fue saborearte libremente, en esa cama rodeada de naturaleza. Es una pena imaginar que tú ni te acuerdas, pero qué perfecto era el efecto que me provocaba el vino cada vez que lo consumía a tu lado. Qué tentador era sentir el aroma a pasto húmedo entrando por ese ventanal de madera vieja, que nos mostraba la noche mientras nos entregábamos y nos acompañaba junto a unos palos de bamboo que bailaban al ritmo el viento .


M... m... m... Era un pasto especial.
Verde como tus ojos y con olor a mi humedad.
El mismo olor que huelo ahora... la misma humedad que me baña recostada...
Es el mismo olor que me hoy hace recordar que alguna vez exististe en mi vida y que, sin quererlo, te quedaste pegado en mi piel...

¿Deseas compartir otra botella de vino?

sábado, agosto 11, 2007

¿Recordemos juntos en la web?

viernes, agosto 10, 2007

Alguna vez tenía que pasar...

Por Cynthia Céspedes

Me gustó.
Fue como hundirme en tus ojos por un segundo, sin saber que la sensación se prolongaría hasta ahora. Esa tarde me desplomé en el paraíso de tu mirada y me dejé domar mucho antes de que lo sugirieras.

Me gustó. Fue diferente.

Debe haber sido el verde astuto de tus ojos, que me penetraba dulce y sosegado. Perdón, pero creo que he cometido la desfachatez de enamorarme. Creo que he insolentado a mi alma, al ponerla frente al dulce placer de un amor prohibido.
Un amor que reprime, me condena, encadena mi vida... pero libera emociones.

Pudo haber sido tu boca, pudieron haber sido tus manos. Quien sabe si fueron tus besos... Fatal Caramelo de Sal... que esa tarde condimentaron mi piel y la dejaron sazonada para que tú disfrutaras del maná, que sutilmente iba asomando por mi cuerpo.
Fuiste sereno, cómplice de mi pasión y mentor de mi proceder. Entraste en el calor de mi apetito carnal y lograste que por primera vez te creyera mío.

Pero qué digo... mío... si hasta me cuesta pronunciarlo.
Después de todo, no fue mas que una simple posesión momentánea, un insignificante relámpago de pertenencia.

Pero Sí. No me lo puedo negar. Fue una tarde milagrosa, si hasta pareció verdadera. Te aferraste a mi locura y me hiciste socorrer tu encanto con caricias que traía guardadas en mi sombra.

“No es amor”... me dijiste... “lo que tú sientes es sólo un capricho”.

¡Capricho!
Posiblemente.


Pero el capricho más excelso que ha tentado a mi alma. Un capricho dulce, vivo, palpitante, que subyuga mi espíritu y traslada mi juicio por vías destelladas y sublimes.

¿Puedo culpar al amor por ultima vez?

Así podré deshacerme de la despreciable responsabilidad de vivir condenada, por querer apoderarme de lo que no me pertenece.
Ya no quiero seguir apremiada, sólo porque a mi rebelde corazón se le ocurrió olvidar que ya tenías una vida.

¿Te dije que me gustó?
¿Te dije que fue diferente?


Me encantaría que nos olvidáramos nuevamente de lo CORRECTO y viviéramos otra tarde de libertad. Así podré sentirme viva otra vez y con la fuerza necesaria para decirle a mi corazón:

No te preocupes,
aún puedes esperar...

miércoles, julio 11, 2007

Trozos del Recuerdo


Soy Cynthia, y me gustaría compartir contigo un fragmento de mi vida, un momento importante, un recuerdo, una emoción, un pasaje o simplemente pura inspiración. Si te gusta, puedes volver, si no, fue un placer que me hayas leído, que tengas un buen pasar en la web...

¿Será violeta el color del amor?

Por Cynthia Céspedes
(Tú sabes que esto es Para Ti)
Se sentía asombroso, pero era extraño.
Sólo bastaba que yo cerrara mis ojos y sucedía.

Tus besos, eran color violeta. Violeta penetrante, destellado.
Igual como el cielo de esa noche, que relumbraba al vernos juntos y aventuraba colándose en nuestras sábanas, para juguetear con nosotros.
No me pidas que te lo explique. ¡Por favor!.

Pero me sucedía.
Tan innegable. Tan sublime.

Cada vez que entrabas en mi boca, puro, húmedo, verdadero… mis ojos se cerraban y yo me evaporaba en el violeta cristalino que se proyectaba en mi mente… gracias a tus besos.
NO recuerdo cuantos fueron.
Es difícil calcular cuando te conceden una noche entera.
Tampoco recuerdo cuantas veces degustaste mi respiración, pero sí puedo asegurarte que lo que viví esa noche fue sorprendente.

Fue una noche distinta. De las que no estoy acostumbrada.
Abundante en caricias, atiborrada de tu piel y pervertida por mis deseos.
Mi cabeza no definía ningún pensamiento, porque el violeta me aturdía la razón.

Tus manos lograron armonizar en mi cuerpo dulces melodías de placer y tus besos le robaron carcajadas de emoción a mi voluntad.
Tus brazos… mmm… tus brazos, eran verdaderas olas, coloridas, que me inundaban de arriba abajo y abrazaban mi alma con demencia y vigor.

Y el violeta seguía. Más Fuerte. Cada vez que cerraba mis ojos.
¿Será violeta el color del amor?
O, simplemente, ¿fue el resultado por mezclar tu química y la mía?.

¿Será así de fácil comenzar a amar cuando te entregan tanto?

Me bastó sólo una noche, para creer que aún no amanece. Todavía me siento dormida y cada vez que puedo cierro mis ojos, otra vez, para que vuelva ese fascinante color... pero no me resulta igual, porque no irradia mi piel, ni humedece los rincones de mi ansiedad.

¿Puedo pedirte una noche más?
Una.
Para poder disfrutar de nuevo y ver como el violeta pinta mis anhelos.
No demando que para ti sea igual de especial, pero sí te pido que me traigas esos maravillosos besos violetas. Para vivir otra vez, ocho horas de deleite, cuatrocientos ochenta minutos del extracto afrodisíaco de tu boca, veintiocho mil ochocientos segundos de tu impulso interior y así quedarme con una vida entera para recordar.


Te espero entonces... blanca y desnuda.
A ver si lo experimentamos juntos.

...ya sabes donde encontrarme...

lunes, junio 25, 2007

El encanto del Cielo cuando llora

Por Cynthia Céspedes

Ayer llovió nuevamente.
¿Lo NOTASTE?
¿Te diste cuenta de que el cielo nos regaló sus lágrimas para que recordáramos lo triste que se vuelve una magnífica lluvia si no estamos juntos?

Ayer llovió nuevamente y no pude tener tus besos.
No pude saborear tu boca, junto con la frescura del agua pasando entre tu lengua y la mía. Esa agua que con inocencia sólo logró mojar mis más íntimos deseos de tenerte dentro otra vez.

Deseos… simples deseos… mi absurdo desconsuelo… un torrente borrascoso que borra mi mente y me quita la razón. Esos deseos que dominan mis instintos, cada vez que oigo, allá afuera, cómo la lluvia exaspera y golpea mi ventana, para comunicarme que el tiempo pasa fugaz y ella ya necesita ser testigo de alguno de nuestros encuentros.

Es que... es tanto lo que me provoca su arrebato, que ese día casi me vuelvo inconsistente y caigo presa de las ganas que tuve de salir corriendo a buscarte, para que estuviéramos juntos en la calle, parados, uno frente al otro, y yo, observándote.

Me imaginaba cómo, lentamente, te ibas mojando y tu pelo caía aplastado en tu frente, tus ojos se cerraban y se dejaban acariciar por el velo húmedo de la lluvia de junio.

Me figuraba cómo, con quietud, ibas convirtiéndote en parte del paisaje, tan húmedo, tan café, con esas hojas otoñales que pavimentan el camino y pueden jugar a ser tu escenario.

¡Mirarte!
Esa tarde ¡sólo necesitaba mirarte!
Para poder disfrutar el color miel de tus mejillas y saborear ese jugoso sabor que deja la lluvia al mojarlas.
¡Qué ganas tenía de que estuvieras ahí para poder Mirarte!
Poder disfrutarte, tocarte, abrazarte y mojarme contigo.

¡Qué ganas tenía de que estuvieras ahí para poder Envolverte!
Poder besarte, sentirte y quién sabe… Amarte…

Pero tú no estabas y no pude bailar contigo esa danza sensible del deseo llamada placer. Tampoco pude acoger tus manos congeladas, para poder cobijarlas en mi entrepierna.
Fue imposible juguetear con tu lengua y sentir cómo eres capaz de meterte dentro de mí sólo a través de un beso. Tan profundo, que me olvido si estoy vestida o si estoy en pie. No pude disfrutar del sabor que toma tu piel cada vez que la lluvia se mete por tus poros.

Ayer llovió nuevamente y yo caminé solitaria por la vereda.

Recordé lo mucho que me gusta el sonido del agua cayendo al pavimento y logré saborear lo exquisito que se ha vuelto el invierno para mí. Porque cuando escuché las gotas de lluvia en el paragua, supe inmediatamente que tú también estabas pensando en mí y podías imaginar lo intenso que hubiese sido disfrutar la lluvia juntos.

Porque ahora la lluvia tiene tu sabor y me recorre el cuerpo tal como lo hicieras tú en aquella lluvia de ayer. Ahora la lluvia moja mi piel y desnuda mi alma. Se introduce en mi ropa y la empapa de arriba abajo.

Me abraza, me acaricia, me seduce y me inspira.

Lástima que la lluvia, sólo dure un instante…

jueves, agosto 10, 2006

Horas Extras en la Oficina

Cynthia Céspedes
Un amigo me contó que la noche era sensual.
Sobre todo cuando ésta hace cita con dos amantes, que se enfrentan al tórrido deseo de la carne. Ese alevoso sentimiento que por momentos nos atrapa y toma poder de nuestras decisiones, logrando corrompernos.
Pero, mi noche fue distinta, la sensualidad llegó tarde.

Fue una verdadera sorpresa, al darnos cuenta que ambos habíamos colapsado el presupuesto motelero y no teníamos ni uno para nuestros caprichos.

Creo que ya lo sabes!, no es fácil la vida de los amantes y la incomodidad del auto muchas veces mata la pasión.
Anoche ya era tarde y el retorno era apremiante.
Por último, él detuvo el auto en el que íbamos y en una esquina oscura me miró detenidamente. Mi corazón comenzó a contraerse y cada parte de mi cuerpo se dilataba. Era una furiosa petición, que por dentro me hacía gritar que quería ser suya en ese mismo lugar. Era
una muestra evidente de las ganas que tenía guardadas desde hace tres semanas.
Sin darme cuenta me besó, con descaro y desvergüenza, sin muestras de delicadeza, sólo atravesando mi deseo con la fuerza de su apetito.

¿Qué hacemos? Pensábamos.
No queríamos hacerlo en el auto, sin ambargo ya estábamos locos por desarroparnos y ensamblar nuestros cuerpos.
"¿Vamos a mi oficina?", me dijo, "no hay nadie a esta hora".
"Por supuesto!!!", le dije, agitada e impaciente.

Cuando llegamos al lugar, una casona de dos pisos, antigua y con muebles muy modernos, no lo pensamos dos veces. Entramos, él cerró la puerta y desconectó la alarma. Ahí continuamos con el beso anterior. Fue un beso penetrante, que lograba tocar hasta el fondo de mis deseos. Era una verdadera llave que abría mi locura y traspasaba mi pudor.
Al subir las escaleras siguió besándome, mientras yo desabrochaba su camisa y metía mis manos entre sus pantalones. Éramos intensos, descarados, una mezcla precisa que ayudaba a encendernos.
¿Qué ganas tenía de que calara mis sentidos y por fin recorriera mi interior!. Sin embargo, la sensación me superaba y aún podía seguir esperando para tenerlo dentro de mí.

Ya estábamos en el segundo piso, en un pasillo oscuro. Teníamos sobre nosotros una tímida luz que se colaba por las ventanas de las oficinas que nos rodeaban. Sus pantalones cayeron al suelo y su lengua comenzaba a humectar mis pechos. Yo subí mi falda y giré, para poder sentir sus manos en mis caderas y lograr que su boca recorriera mi espalda.
Mientras se coordinaban nuestros movimientos, mis dedos quedaban marcados en esa pared blanca, que sostenía nuestra pasión. Él se volvía más bestial y de a poco mis gemidos se convertían en quejas de dolor. Un dolor complaciente, sabroso, que nos fundía en un suspiro llamado placer.


Se hizo tarde y las familias nos esperaban en nuestros hogares.
La vida del amante es así, a veces rápida, a veces inestable,
pero nunca Poco Intensa.
Ya habíamos descubierto un lugar fascinante.
¿Alguna vez lo hiciste en tu oficina?
Te aseguro, que al otro día, mirarás tu trabajo con oTRa CarA.

martes, julio 18, 2006

El Vino y sus Sabores

Cynthia Céspedes
Tiene que haber sido el vino, estoy segura.
Esa noche yo iba dispuesta a decir que no.

Tenía motivos claros y específicos para convencerlo de que no era bueno finalizar la noche de esa forma.
Pero ese vino pudo más que cualquier argumento.

Aún tengo su sabor en mi boca, algo dulce, algo agrio.
Esa noche el vino era oscuro, estaba tibio y teñía mi boca con cada sorbo que yo saboreaba.
De reojo, pude ver como sus labios también estaban del color de los míos y podría asegurar que en su mente se hilaban, titubeantes, propósitos alocados.
Pero fue el vino, lo aseguro, ese vino poco cristalino, que en la segunda botella se apoderaba con fuerza de mi razón.
Recuerdo cómo entraba por mi boca y calentaba mi garganta, vino soez y enajenado. Era un vino dominante que se metía en mi sangre y la tintaba de un rojizo excitante y poco escrupuloso.
Ya ni recuerdo cuántas copas fueron, pero SÍ puedo conservar en mi mente el minuto en que le pedí un beso. ¡SÍ!. Sólo un beso, nada más necesitaba para comprobar que el efecto del vino me había trastocado.
¡Quiero más vino! Gritaba mi sangre.
¡Quiero su boca! Pensaba la mía.

¿Cuál fue mi error? Dejarme llevar por ese tenue sabor dulzón de la bebida afrodisíaca o no dejar de mirar su boca cuando me conversaba?…
Sí… su boca… m m m… su boca… que cuando me hablaba me recorría entera y saboreaba cada parte de mi piel. Esa boca que, sin quererlo, me decía cosas, pero yo interpretaba otras.
El vino, su boca…. Su boca, el vino... toda una mezcla explosiva que desarrollaba en mi interior un impulso bruto e inexplicable.
¡Pero qué estoy pensando!
No fue el vino, NO fui yo, F U E É L.
O tal vez su espacio. Su espacio que interrumpía el mío y jugaba al indiferente cada vez que se acercaba a mí. Su espacio que me invadía con susurros y me hacía compartir su aliento y saborear sus palabras.
Era un momento indestructible que aún mantengo vivo en mi rostro.
Tantas cosas, esa noche, tantas cosas pudieron provocar mi actitud. Sin embargo de una cosa estoy segura y lo veo con claridad. Esa noche fui presa de un eclipse emocional, que enfundó mi cabeza y desnudó mi organismo.
Es que fue imposible evitar esos ojos.
Ojos claros y verdosos. Profundos, risueños e insinuantes.
Su mirada se volvía una verdadera invitación, para recorrerlos poco a poco y disfrutar su ardorosa expresión.
Esa fría noche se convertía en un sosiego cálido y agradable, pero con furia en mis impulsos y pasión en su mirada. Noche extrema, noche de vino y carne. Fusión escandalosa y mezcla de deseo culposo.
Debo reconocer que en mi vida he bebido mucho vino, pero ninguno provocó tal sensación.
Esa noche me dejé embriagar por el gusto de la cepa y ese sabor que quedó en su boca. Boca que tenía los grados necesarios para alocarme por dentro y descontrolarme por fuera.

Fue un vino pasmoso, el mejor que he provado y el que no puede irse de mi organismo.

Fue el vino, la noche, el frío y sus ojos.
Lo que sucedió después no te lo puedo contar,
pero me estoy segura que podrás imaginarlo...

jueves, julio 13, 2006

¿Te Conté que Ayer También Llovía?

Por Cynthia Céspedes
Está lloviendo... lo notaste?, IMAGINO que sí.
Igual que ayer, igual que tantas veces ayer.
Me cuesta un poco aceptar que el sexo con lluvia es romántico,
sin embargo ayer descubrí que en realidad NO lo es tanto si no estás acompañado de alguien especial...
Ayer no almorcé, pero tenía una sensación extraña. Estaba Satisfecha. Tenía mi estómago vacío, pero mi corazón gritaba ¡contento! al recordar el festín maravilloso que había degustado.
Ayer llovía, igual que hoy, pero la lluvia tenía otro sabor.
Yo estaba recostada sobre una cama, mientras oía como el agua chocaba contra el techo. La cama era alta, un poco vieja y la cubría un cobertor, que al parecer los años y el uso promiscuo lo habían percudido, convirtiéndolo en un pobre cobertor azul marengo, con hojas grises desteñidas y que sólo podía servir para un motel barato.
Ahí estaba yo, boca arriba y lejos de la gente. Escondida de muchas cosas, pero con mis ojos pegados en él.
Era un lugar lejano y yo me sentía libre de actuar. Teníamos sólo dos horas para hacer del momento una eternidad. No podría describir el lugar con la palabra elegancia, pero yo, a pesar de mi discurso, era feliz.

Él tenía ojos claros, pero eso era lo que menos me importaba. Me miró muchas veces y yo no disimulé mis ganas de observarlo, analizarlo detenidamente; cada movimiento, cada palabra, cada gesto y cada caricia de dulzón sabor.
¿Te conté que él es casado?... te lo imaginaste!
Cierto, no podía ser de otra forma, si no el escenario hubiera sido otro...
A pesar de todo, eso no importaba, en ese minuto él podía ser sólo mío y no lo compartía con nadie. Podía leer pausadamente cada beso suyo y exigir una fidelidad absurda, aunque sólo durara un instante.
¿Te comenté que estaba lloviendo?, Creo que SÍ.
Era la fusión perfecta, humedad en el cielo y humedad entre nosotros. Afuera estaba helado, pero en esa cama era imposible notarlo. Emanaba calor de nuestros cuerpos y el sudor perdía su timidez, para poder concretar su deseo.
Raro, muy Raro!!!.
He intentado cumplir con él mi papel de amante perfecta, pero por un segundo tuve ganas de un recreo y me lo tomé, sin pedir autorización. Me dejé llevar por lo hormonal, para poder culpar a la química de mis intensiones.

Sí! Esa química que me encantó cuando sentí su voz o tal vez... su sabor... NO! NO! Era su olor, SÍ!, el olor de su pelo, el de su cuello o ese que surge en el camino que va desde su pecho hasta su espalda. Era el aroma de su sexo, ese que entró y salió, cada vez que yo lo necesité. Pudo haber sido su cuerpo, tan duro y armónico, pero incapaz de perder suavidad y delicadeza. Un cuerpo con gusto a encanto y sabor a sal. Una sal suave, a punto, capaz de sazonar mis pechos con su roce.
Era la mezcla perfecta, la Lluvia, el Sexo y Alguien Especial...
¿¿¿Que si fue RomÁnTIcO???
Te aseguro que hasta podríamos llamarlo Amor.
Pero la lluvia tampoco dura todo el año. ¡Qué Lástima!

martes, septiembre 20, 2005

PRISIONERA DE UN SENTIMIENTO

Martín Fernández Céspedes

Por Cynthia Céspedes

Hola, soy Cynthia y en esta carta quiero contarles una historia que habla del amor. Un amor que no tiene límites de medición, ni puntos de comparación; un amor que sobrepasa la expectativa terrenal; un amor que siempre vemos cubierto de infinitos besos y plagado de delicados abrazos; un amor que es capaz de no medir consecuencias, ni condicionar su entrega; un amor único, que no tiene horario, precio, ni lugar.
Este es un amor que las mujeres podemos experimentar dos veces en la vida… la primera, cuando nacemos y nos cobijan dos pechos rebasados del néctar natural, que es capaz de energizarnos por el resto de nuestra vida y la segunda, cuando tenemos la dicha de… Ser Madres.
El amor de madre está repleto de contradicciones y llega cargado de ilusiones sublimes. Cuando somos madres caemos en la triste realidad de la dependencia, nuestro hijo nos corta las alas y nos impide ir hacia esos rincones que alumbraban nuestros planes, sin embargo, nos aferra a la tierra de tal manera que logramos caminar con un paso más seguro y protector.

Un hijo nos arrebata un espacio que antes era fundamental para nosotras, la individualidad; pero nos llena otro lugar de nuestra alma, la maternidad. Cuando somos madres perdemos parte de nuestra vida, para dedicarnos por completo a este ser que depende de nosotras; pero ganamos experiencia, sensibilidad, carácter, alegría, perspectiva y una visión del mundo distinta al resto.
Ser madre no significa cargar por casi nueve meses un bebé en el vientre, tampoco despedazarte por dentro gracias a las insoportables contracciones, ni mucho menos parir en una fría sala de hospital, rodeada de doctores. Ser madre es un título que se consigue a cambio de esfuerzo y dedicación, con días claros y largas noches de insomnio; preocupaciones extremas y sensaciones inexplicables. Ser madre es una carrera que requiere de un talento innato, que se sustenta en un amor natural que fluye solo y se contrapone a ideales personales.
Cuando somos madre nuestra vida existe en torno a esta criatura y nunca más volvemos a estar solas, porque este amor vive dentro de nosotras y dura más allá de un sepulcro. Somos madre una vez y jamás dejamos de serlo, aunque las circunstancias sean adversas y nos hagan experimentar la fatal partida de un hijo.
A pesar de todo un hijo no hace a una madre, la madre se forma sola, a partir de sensaciones y emociones abnegadas. Una madre se fabrica en la medida que nos enamoremos de este ser indefenso que está en nuestros brazos y que pone una absoluta confianza en nosotras.
En lo personal, yo nunca quise ser madre y procuré de todas formas y por muchos años evitarlo, sin embargo la vida me regaló esta posibilidad y de malas ganas acepté que me había tocado a mí. Ha sido un recorrido difícil, pero las cartas las he tenido que jugar responsablemente. Ser madre ha significado el sentimiento más divino que haya podido imaginar y me ha obligado a desprenderme de una parte de mi vida. Ser madre ha sido una sensación que me es difícil explicar y es una emoción que a diario experimento.
Doy gracias a Dios por haberme permitido cobijar en mi vientre una semilla asombrosa, que llegó cargada de esperanzas e ilusiones y que me ha hecho mirar el mundo con un prisma sensible. Ser madre me ha hecho sentir autorizada para dar protección sin fecha de vencimiento. Di asilo a una vida que se desarrolló en forma autónoma en mi útero, pero que necesitó de mí para recibir el oxígeno que le dio la vida.
He experimentado una energía interior que me disgrega de la realidad masculina y me instala en una posición privilegiada a la hora de comprender el significado de la vida. Puedo sentirme orgullosa de ser mujer y ya puedo dejar atrás aquellas tontas anécdotas idealistas del feminismo.
Soy prisionera de un sentimiento y estoy entregada a la más maravillosa experiencia. Mi vida cambió, ahora llevo una mochila colmada de amor y guardo en ella la extraordinaria posibilidad de haber sido elegida para cargar a un ser vulnerable en mis entrañas, una persona que con el tiempo ha conquistado mi corazón y me ha brindado la magnificencia de poder sentir que . . . . Soy Mamá

domingo, agosto 28, 2005

Compañeros: MIL Gracias Por todo!!!

Cynthia Céspedes
La mejor y más querida archivillana

Cynthia, Cynthia, Cynthia...
Tanto por decir y tanto por donde empezar...








Foto:
Javier Briones.

Creo que no se me ocurre mejor forma de introducir a la Cynthia a través de mi propia relación y vivencias con ella. Cynthia es, definitivamente, mi más feroz oponente dentro del curso. Pero es una relación simbiótica; tal como Batman y el Guasón se enfrentan constantemente, pero se necesitan; tal como Batman y Catwoman. La diferencia es que nadie sabe de modo exacto quién es el héroe y quién el archivillano. Seguro las opiniones del curso se volcarán a favor de ella. Una cosa es clara: con la Cynthia nos necesitamos. Yo la necesito a ella, pues ella es un referente para mí.
La Cynthia es la única que verdaderamente es capaz de hacerme frente ante a mis perpetuas "salidas" y restregarme en la cara lo que piensa, sin diplomacia de por medio. La única de quien espero reacciones, y a quien, ansioso aguardo cada vez que envío uno de mis famosos y odiados mails. La última vez, por cierto, fue una sorpresa: no me dijo nada. Ahí entendí que su motivo es leal y sincero, y que sólo hablará, cuando sienta que es el minuto.

Proveniente de una familia que no cuenta con grandes recursos, la Cynthia se abrió paso a través de una vida nada fácil, en la que cada día libra una dura batalla por seguir ganándole. Varias victorias lleva ya. Tiene un temple impresionante; es aguerrida, intrépida, luchadora y sabe perfectamente lo que quiere. No conoce el sueño; no reclama por acostarse tarde y levantarse temprano, lo que hará siempre con la mejor de las sonrisas.
Natural, pura y auténtica como ella sola, es simplemente como es. No se esfuerza en demostrar o aparentar nada. Si quiere decir algo, lo tira así tal cual. Y le resulta. Escucharla es toda una experiencia. También posee la cualidad de escribir tal como habla, y que no se "escuche" mal. Y eso es algo de lo que no muchos pueden jactarse.
Además, posee la más grande y difícil de las virtudes: la inteligencia. Cynthia es una mujer fuera de serie. Siempre tiene una respuesta para todo; ladina, es rápida como un guepardo, devuelve a gran velocidad cualquier golpe que se le intente dar, antes de que uno lo asimile. Asombra su aguda observación, su chispa y capacidad por entender lo más sutil de las cosas, y dominarlo.
Pero lo que más asombra es su permanente alegría y disposición. Nunca la he visto triste. Nunca ha proferido un sollozo o derramado una sola lágrima. En circunstancias de la vida en que todos habríamos llorado, ella sólo demuestra un coraje y una fuerza a toda prueba para seguir siempre adelante, y sonriendo. Hasta cumplir su propósito. Y no me cabe duda que lo logrará.

Así se introdujo en el competitivo medio radial, en el cual su voz meliflua lleva sonando ya varios años. Con un hijo -su verdadera devoción-, sumado solamente a su empuje la Cynthia ha avanzado todos estos años, primero estudiando Periodismo en otra universidad, para luego llegar a UNIACC con una meta clara e inapelable: Hacerse periodista, no importa a qué precio –¡literalmente!-. Su superobjetivo: agregarse valor.
Tal vez no sea necesario, Cynthia. Más valor del que tienes, difícil. Ojalá todos pudiéramos aprender de tu encanto, sagacidad y dulzura. Para mí has sido una gran escuela, una gran odisea, querida Catwoman. Espero que siempre seamos amigos, súper heroína archivillana.